miércoles 25 de noviembre de 2009

Tu esposa es como una nebulosa que vive en mi mente. Es el fantasma que mueve las cosas cuando duermo. Tu esposa te habla y quizás, de vez en cuando, llega a abrazarte. Pero para mi, no existe. No te atrevas ni siquiera a llamarla por su nombre. No quiero saber con quien vas y hasta cree que le perteneces, cual equivocada. Podrás dormir con ella pero es en mi en quien piensas, podrás compartir con ella la casa y las deudas, tus genes caídos en niños. Pero eres tuyo, tanto así que has decidido amarme a pesar de tus compromisos y promesas. Eres tuyo, egoísta, papacito, yo te amo.

-Nos vemos en la tarde

martes 8 de septiembre de 2009

El gusto

Me gustan las palabras que se escriben con “ch”, así como las figuras que se hacen con taches.Me gusta el trip-hop, el tango y danzon, bailar  quebradita y de vez en cuando un rock and roll. Adoro estirar mi espalda y hacer tanto ruido como una matraca, también me gustan los tacos de guisado y canasta.  El arroz, el huevo, la crema y el queso, son para mi los mejores comienzos de ciertas tardes que de lluvia disfruto. Siempre y cuando tenga un cigarro y café cargado a mi gusto. La vida me mantiene un tanto asombrada y para durar mucho más, tomó agua y preparo ensalada. Fumo como loca y deberían de atarme para no fumar tanto, pero ya decidí que hasta que no suba el i.v.a. a más del veinte y cinco por ciento seguiré manteniendo a mi pulmón descontento. Me gusta comprar ropa de intensos colores, uso boxers estampados con caricaturas y no uso calzones. En las noches de entre semana, después de jornadas amargas, veo series policíacas de Tv. por paga. Me quito los tenis, me recuesto en la cama y acaricio a mi perra mientras me muerde la manga.  Cocino seguido, hervir las verduras me resulta entretenido; las porciones de sal se me olvidan de pronto y tener un ataque cardiaco lo incluiré en mi pronostico.  Me divierte editar videos y jugar con photoshop; estar en Internet se ha vuelto una obsesión. Amo salir andar en bici y correr el riesgo de ser atropellada o quedar atrapada en un bache y acabar en el suelo como empaque de mostaza. Me encanta dormir con mi novia y despertar de madrugada para ver su cara tranquila  y en su defecto, hinchada. Admiro a las plantas de diferentes colores con el mismo respeto que  a los señores que hacen bombones.  Me gustan los animales y en general, me considero amante de la naturaleza; aunque nunca recicle y ser vegetariano me parezca una bajeza. Guardo gran aprecio por todo tipo de herramientas desde el más fino cincel hasta una motosierra. Me gusta manejar de noche con imprudente rapidez, aprovechando que no hay trafico ni policías a la vez. Las curvas largas de carretera me relajan; en tiempos mozos, solía fumarme un porro de camino a las montañas. Observo el cine con exquisita fascinación y me rompe el hígado los malos filmes de cuantiosa producción. Aborrezco la pobreza y sus causas de ambiciosa infamia, las noticias me deprimen igual que los políticos de baratas mañas. Odio la cebolla casi igual que a la gente pretenciosa, también a las mujeres que usan ropa pegada cuando tienen cuerpo de osa. Hablando de mujeres, me repugnan las que se dejan la barba; es más desagradable que un hombre con pelos en la espalda. No soporto los eufemismos ni las conversaciones paranoicas, tampoco a los izquierdistas que fuman mota y beben coca-cola. Mi madre me desespera en sus intentos de casarse, debería comprarse un perro y parar de quejarse. A veces siento que yo y la bilis pudiéramos haber sido buenas hermanas, la intolerancia en mi persona es el defecto que más emana. Por último,  haré reproche a la iglesia para que no falte mención; si la gente creyera en Dios tendría más entereza y menos problemas de adicción. 

sábado 28 de febrero de 2009

Zuri (segunda parte de "los ochentas")

 Es de noche y llueve a cantaros, el frío convierte cada minuto insoportable. El agua resbala por la minifalda de charol mientras penetra en mis bragas. La calle está desierta y nos miramos unas a otras con pestañeos de desesperanza. Intentó prender un cigarro que acaba rompiéndose por la lluvia, lo aviento con desdicha al piso. Era el último que me quedaba. Una risita sosa irrumpe a lo lejos. Es David, con diez años menos. Se despoja de una chamarra sport para abrigarme la espalda. Entre un abrazo, me dice –Ven, déjame sacarte de aquí-

Fuimos al mismo café que el día de mi cumpleaños. Mi resentimiento se escurría con el agua, mientras David relataba con entusiasmo el desencadenamiento de aquella noche con el morenito.  Ahora vivía con él en un departamentito en la Roma, se lo había presentado a su madre y para cerrar con broche de oro, incursiono una nueva modalidad en su empresa; cruceros gays. Siguió con cada detalle ridículo de lo que significada despertar cada mañana con su hombre. Cosa que en realidad ignoraba, ya que ningún cliente me ha durado tanto. Toda esa cursilería comenzó a marearme como algún día lo intentó su morenito. Al tener esta idea reí en mi mente, tomé su mano y con un tono sutilmente sarcástico le dije Sí, sí, están hechos el uno para el otro. Sonrió complacido y halagado; este gordito siempre fue muy ingenuo. Dio una ojeada rápida al lugar y como si hubiera tenido una reciente idea, me dijo –El negocio esta creciendo y parte de mi felicidad la debo a ti. Quiero ofrecerte un empleo, necesito alguien que sea bueno en los negocios-  Reí a carcajadas hasta caer en cuenta de que era una oportunidad para cambiar mi vida. Miré a David temeroso , por encima de sus cachetes sus ojos brillaban. Tomé su mano en forma de agradecimiento y lloré discretamente. – entonces ¿si?- Replicó emocionado, sujetando mi mano con fuerza. Déjame ver mi agenda…(escudriñe mis uñas) ¡por supuesto que sí, gordito! Nos abrazamos como viejos amigos, celebrando el triunfo de la promesa de un mundo mejor.

Las ventas eran fácil de cerrar, toda aquella mariconería estaba dispuesta a pagar lo que fuera con tal de fantasear con sexo en altamar. Junté dinero para dejar la pocilga que mucho tiempo fue mi oficina nocturna, por así decirlo. Busqué en el periódico por algún cuarto en renta hasta que encontré uno en la Roma; ofrecía agua, luz, gas, tele, muebles y hasta aire acondicionado. Suficiente para mi, llamé y concerté la cita para esa misma tarde.

Me recibió un hombre alto y moreno, un poquito pasado de peso aunque no opacaba su galanura. Vestía un traje de motociclista con unas botas tan sexys que casi le gritó en la puerta ¡si, si, quiero vivir contigo! Me enseño el cuarto, que a pesar de ser muy chico, hecho de lamina y ladrillo, tenía su lado acogedor. El aire acondicionado en realidad se refería a un aire lavado de principios de los cincuenta, el termino de amueblado se restringía a la cama y una diminuta repisa; pero para ser sinceros, un mueble más y yo no cabría. Entregué el dinero y sólo con tocar su mano, me dieron ganas de quedármela para siempre.  El hechizo tardó pocos minutos en romperse cuando me presentó a su novia, una flaca sin chiste y para colmo, contadora. Total, ya le había pagado y todo hombre tiene derecho a cambiar de opinión y de bando en cualquier momento de su vida.

Mi cuarto se encontraba en la azotea, abajo vivía él y en la casa de enfrente su hermano; un marihuano sin mejor que hacer que estarse quemando las uñas todo el día he ignorar a su esposa canadiense. Una bonita familia sin duda. Así pasaron los días, ganaba buen dinero en la agencia y lo ahorraba obsesivamente cual judío; para regresar a la casa solo. Con el tiempo comencé a conocer el vecindario, a dos cuadras había un mercado con todo lo necesario para comprar comida. De vez en cuando, me encontraba con un niñito escuálido y frágil, como de veinte años. Siempre usaba bermudas, calcetas y gorra. Descubrí que vivía enfrente de mi casa y por alguna extraña razón, comenzó a despertar mi curiosidad. Un día cruzamos caminos y unas cuantas palabras, cada vez que nos veíamos la charla se prolongaban más hasta hacernos amigos. Yo notaba algo raro en él y a ciencia cierta no sabía lo que era. Su nombre era Zuri, vivía con su madre que sufría de diabetes y la estaba dejando ciega. Él gastaba su juventud en rondar por la colonia y decir cosas raras sin aparente procedencia. Su inquietud me divertía y la volatilidad de sus manos al romper jarrones a su paso.

Una tardé cualquiera, Zuri me invitó a su casa a ver películas como era acostumbrado. Puso “Boys don´t cry” y al final del film, acabó llorando.  Siempre fue muy extraño pero esa reacción era completamente innecesaria, a menos que tratará de decirme algo. Y en efecto, la verdad se reveló.  Zuri era una transgénero. Cambio que sobrellevo sin problemas, ya que su madre a causa de la ceguera jamás se dio cuenta que su niña era todo un jovencito ahora.

Nunca me atreví a preguntar como se las ingeniaba para orinar de pie, acontecimiento que había presenciado con anterioridad.  Y dada la cosa de que yo orinaba sentado, supuse que Zuri era tan normal como yo. La amistad se afianzo como si fuéramos hermanos y pasábamos las tardes haciendo joterías; hablábamos de los chicos-chicas y chicas-chicos.

La obsesión por mi arrendador  crecía cada día y se opacaba en las noches cuando oía los gemidos orgásmicos de la pareja bajo mi techo. Algunas ocasiones llegué a masturbarme pensando que era a mí a quien penetraba. Aunque en general, mi relación con él se tornaba frustrante.

Pero la vida sigue aunque su rumbo no sea el deseado, después de todo tenía mi trabajo, a David y su morenito, y Zuri que me había hecho su primer confidente y por lo tanto su mejor amigo.

viernes 27 de febrero de 2009

Sin duda, mi vida

Despertar es el signo inequívoco de la lucha diaria.

Abre los ojos, vamos, abrelos…son las seis de la mañana, diez minutos más…

No alcanzo a ver la pantalla de la  alarma, todo está borroso…

¿qué?... ya, ¿cómo es posible que ya hayan pasado diez minutos? Otros diez, como sea, es muy temprano.

Bueno, esta bien, ya me voy a parar…en un ratito

Chingadamadreeee¡¡¡ ya son las seis y media, me tengo que bañar en chinga. No voy a llegar.

Ay, pinché agua, está bien caliente, no mames.

Me voy a secar entre las cobijas, un ratito mientras se seca mi desodorante.

Chale, las siete, tengo la almohada marcada en la cara. No puedo salir así a la calle.

Mmm, me tengo que preparar algo para desayunar, muero de hambre.

Que tarde es, ya me voy a la escuela.

Otra vez me dieron las siete y media, ojala y alcance a pasar lista.

No me gusta desayunar en el metro pero ni modo, tengo mucha hambre. ¿por qué la gente me ve con incomodidad cuando saco mi sándwich de huevo?

Las ocho, hago diez minutos caminando del metro a la escuela.

Que mal, ya no tengo asistencia. Estoy sudando y que hueva tengo.

¿qué? ¿quiere que hagamos doce trabajos en cuatro horas? Está loco…¿sesenta de tarea? ¿para el jueves? Maldito sádico.

Ya es hora para la otra clase, tengo que terminar la mano de plastilina.

Me quedó muy grande y deforme, un poquito más y el pulgar podría ser el codo.

Toca teoría, no he leído el texto, lo haré en la comida.

El pendejo de Pavel no me deja leer, se la pasa diciendo tonterías. Hace más de media hora que pedí la comida y no me la traen. En quince minutos tengo clases.

Ay, me siento mal, creo que comí muy rápido, que llena estoy. Compraré un café para no dormirme.

¿Niche? ¿descartes? ¿apolo? ¿dionisio? De que rayos habla la muy pacheca. 

Uy, pensé que jamás acabaría la clase. Quiero estar en mi casa y ver dr. House.

El metro está hasta la madre, no hay en donde sentarse…ahí hay un lugar…no, ya me lo ganaron.

Que cansancio, tengo que hacer tarea. Veré un rato la tele y después me pongo las pilas.

¿qué cenare? Un panecito con mermelada y leche.

Ay, ya son las diez pero este es un capitulo nuevo. Cuando acabé, ahora si hago la tarea.

Las doce, todavía no acabo, me voy a dormir y la hago mañana.

Y mañana si que me paro temprano, mañana por supuesto que no comeré más de dos tortillas, ni beberé refresco o juguitos con endulzante artificial. Mañana abriré mis cortinas para que entre el sol por mi ventana y produzca endorfinas. Para empezar el día como se debe.

 

 

 

  

martes 17 de febrero de 2009

empújame a lo obvio

Canción de Leggeton

Ete e...el ayanamientooo
de pensalo me caliento,
me depoja el aliento,
si lo niego, segulo le miento.

La espelo en mi apaltamento,
no e la primela, el segundo intento.

Dale el olgasmo al viento,
chica, ma lento,
quizas, e el asiento,
pol mi no limite su compoltamiento.

Tomelo sin detinimiento,
no sea mi tolmento,
solo lo comento,
todavia no acabo,
ete e mi momentooooo.

Hablo lo que siento 
del enamolamiento,
yo se que tengo
fueltes cimientos.

Mi colazón pol ti
etá muy atento,
con el vino lo alento
pala eta mu contento.

Mi colazón pol ti,
uhhh oohhhhh,
mi colazón pol ti.
ehhhh iihhhhhh,
mi colazón pol ti,
ahhh ahhhhhhhhhhhhhh


lunes 16 de febrero de 2009

Los ochentas

En los ochentas, mientras David Bowie cantaba “Rebel, rebel” y los Rollings Stones lucían la boca más promiscua que se atrevieron a mostrar los medios de aquel entonces. El toque homosexual se encontraba en su mero apogeo, hombres con ojos delineados, ropa extravagante,  el high energy sacado del closet. Bandas de rock cantando al amor y la libertad, a derribar los muros; el cine mostrando a protagonistas masculinos besándose por primera vez, la industria de la moda permitiendo el cabello freezeado diez centímetros por encima de la cabeza, pantalones ajustados acompañados del sensual movimiento de cadera y plataformas; activistas queer marchando por las calles de carnaval. Todo indicaba que estaba bien ser gay. Así que mi generación sacó los tacones y se pintaron de rojo carmesí los labios, dispuestos a asistir a la fiesta. Las nuevas y liberadoras tendencias que hicieron transformar el artificio de Narciso sodomizandose a si mismo, acabaron por destruirlo para volverlo en un cliché de peligro desde la aparición del Sida.

Yo era muy joven, apenas tenía quince años y vivía deseoso por compartir la revolución de mis futuros amantes. La mayoría de mis ídolos comenzaron a caer como moscas manchadas con Sarcoma de Kaposi; los que no murieron se recluyeron en la tristeza y el anonimato, unos cuantos persistieron en la lucha para ser señalados y ridiculizados. Miles de chicos en todo el mundo guardaron la fotografía de  fallecidos amores como registro de Nan Goldin; doblaron sus manos y ropas para buscar a una esposa que planchara sus camisas y franelas.

 Uno jamás puede olvidar quién es pero sí, ocultar lo que desea. Y así, el avance que a muchos les costó la vida, la familia, el trabajo y la dignidad, fue cayendo como mito griego. Una enfermedad misteriosa, sin procedencia, acabó con el sueño de andar por la calle sujetado de un musculoso bigoton sin morir apedreado.

 El regreso a la realidad fue lento, nadie sabía cuanto tardarían en morir los primeros diagnosticados. La gente entró en pánico y comenzaron a cerrar sus puertas a estos personajes que antes les apetecían divertidos y extraordinarios.

Yo cargaba el look de Wham!, George Michael siempre fue mi favorito. Aunque para ser sincero de haber gozado con más dinero, hubiera lucido unos trapitos al estilo Prince. En pocos años los video clips de New Order fueron remplazados por Nirvana y demás heterosexuales, no con menos problemas de identidad. Pero en fin, me quedé como un niño en víspera de Navidad con la reciente noticia de que Santa Claus no existe, pasando el bachillerato en un terrible desasosiego. 

En mi graduación, cansado del acecho de los de mi especie, con un ridículo intento de ocultar mi balancear femenino, fui insultado por todo temeroso hombre que se acercaba a mi. Hijo menor entre seis varones, ellos me defendieron a regañadientes para después escupirme en la cara cuando decidí ir con un minúsculo vestido a la velada. Tardé más en desmaquillarme de lo que mi madre me corría de la casa entre lagrimas de decepción y vergüenza.

 A los pocos días descubrí en los espejos de un motel, una joven tez esparcida de barros, indefensa y desamparada. El odio que la intolerancia formó en mi, permitió que me penetraran todo tipo de hombres con indiferencia y desamor, en los siguientes años.

La clientela regular confesaba después del orgasmo acerca de sus matrimonios y la impotencia de tener una erección ante su mujer. La hipocresía resguardada en mi almohada por tantos hombres, me dejó en vigilia durante muchas noches. Mi camino no fue el mejor, lo admito. Pero la fortaleza de defender lo que somos, lo compartía en mi esquina, en la calle, en la cama, cada noche de trabajo.

Amanecía, el rimel corrido y la juerga excesiva que a veces marcaba mi cara de golpes, volvía inútil cualquier argumento. No podía seguir soportando ese estilo de vida ni tampoco regresar a mi casa para decir que todo había sido un terrible error. Sólo contaba con los estudios básicos y el trabajo que ejercía jamás sería  una carta de buenas referencias.

Un gordito solitario era mi apuesta mensual, me visitaba siempre en la quincena, se la jalaba durante pocos minutos y él recibía el encanto con unos ligeros gemidos. Nos dedicábamos una triste mirada de despedida que a la vez significaba que nos veríamos pronto, igual de infelices. Dejaba la cuota sobre el buró sin mirar atrás, como si fuéramos un pasado que él jamás quisiera recordar y sin embargo anhelaba. Un quince del mes, fue mi cumpleaños. No quería pasarla solo y le invite a tomar un café antes de que partiera. Él aceptó sin preguntar, cambié mi ropa habitual por un disfraz de pantalones entubados, camisa y corbata. Me miró sorprendido y burlón -¡jamás pensé que pudieras verte tan normal, hasta te ofrecería empleo- Con esas palabras estuve apunto de arrodillarme y mamársela ahí mismo, sin paga. Reí con elegancia para evitar que él percibiera mi desesperación. Alguna reacción involuntaria y delatora hice que él comenzó a reprocharse el comentario entre balbuceos.

Fuimos a una cafetería de veinticuatro horas ubicada a tres cuadras de mi casa, los empleados de ese turno se caracterizaban por tener un tono poco servil y apesadumbrado. Ordené un pie de manzana y estuve a punto de ponerle un cerillo a falta de vela, me contuve, no quería sentirme más patético. El gordito, que hasta ese día me enteré de su nombre, David; platicaba de su trabajo a manera de confesión. Tenía una agencia de viajes, mayormente atendía a jubilados o divorciadas que pretendían encontrar al amor de su vida en algún crucero. Vivía con su madre a los cincuenta y tres años, nunca había ido a un antro gay ni establecido relaciones sentimentales con hombres. Así que lo tomé de la mano, hice que pagara la cuenta y fuimos a un bar donde yo iba a pescar cuando estaba floja la noche. Bailamos, nos emborrachamos y brindábamos con extraños. Un niñito moreno como de treinta años veía a mi gordito con cara de hambre, de sexo y amor. David se encontraba tan extasiado, pasando de la vergüenza a saber que había vivido en un cubo, que ni siquiera había notado la invitación que ese día le ofrecían otros ojos. 

El morenito se mantenía estático, nervioso, vigilando desde su esquina los movimientos de David. Sentí una terrible envidia, no recuerdo alguna vez en mi vida que me hubieran visto con ese deseo, ni siquiera cuando un hombre me poseía.  Sin embargo, el gordito era un buen hombre que se merecía ser amado y yo estaba dispuesto a conseguirle una oportunidad. Me acerqué al chico y le invité una copa para romper el hielo, él me rechazo sin voltear a verme hasta que le dije que era amigo de David. Comenzó a lanzar una serie de preguntas acerca de él ¿qué tipo de hombres le gustan? ¿es soltero? ¿dónde vive? ¿en qué trabaja? No teníamos más de dos minutos charlando y ya me sentía mareado con tan ferviente interrogatorio. Planté mi mano sobre su cara para inmediatamente callarlo y evitar un dolor de cabeza. Me incliné hacia su oreja que era un poco más grande de lo normal y le dije Chico, ¿por qué no te acercas y le preguntas todo eso?

Me vio ingenuo, asustado, le dí una palmadita en el trasero para entusiasmarlo y que emprendiera la marcha. Titubeó unos segundos y tomó un largo trago de cerveza, limpió su boca con la manga y con pasos inseguros llegó hasta él.

David estaba ligeramente perdido a causa del exceso de alcohol, sin embargo, lo recibió con una gran sonrisa y se dedicaron a platicar toda la noche.  Mientras las horas transcurrían, el lugar comenzó a vaciarse. Ellos parecían tan entusiasmados que no me atreví a interrumpir. Me quedé solo en una mesa hasta quedar sumamente borracho. No podía ni sostener la botella cuando la reciente pareja se acercó a mí para marcharnos. Me llevaron cargado en vilo entre sus brazos  hasta la casa. David se despidió de mí y en su semblante se había borrado la usual tristeza que nos unía.

Lo esperé la próxima quincena para que me diera noticia de su encuentro y jamás llegó. Ni la quincena siguiente. Ya han pasado más dos meses desde mi cumpleaños que no lo veo. Creo que es común esta historia de putas, tratar de salvar el amor y al fin de todo, quedarse solo.