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sábado, 28 de febrero de 2009

Zuri (segunda parte de "los ochentas")

Es de noche y llueve a cantaros, el frío convierte cada minuto insoportable. El agua resbala por la minifalda de charol mientras penetra en mis bragas. La calle está desierta y nos miramos unas a otras con pestañeos de desesperanza. Intentó prender un cigarro que acaba rompiéndose por la lluvia, lo aviento con desdicha al piso. Era el último que me quedaba. Una risita sosa irrumpe a lo lejos. Es David, con diez años menos. Se despoja de una chamarra sport para abrigarme la espalda. Entre un abrazo, me dice –Ven, déjame sacarte de aquí-

Fuimos al mismo café que el día de mi cumpleaños. Mi resentimiento se escurría con el agua, mientras David relataba con entusiasmo el desencadenamiento de aquella noche con el morenito. Ahora vivía con él en un departamentito en la Roma, se lo había presentado a su madre y para cerrar con broche de oro, incursiono una nueva modalidad en su empresa; cruceros gays. Siguió con cada detalle ridículo de lo que significada despertar cada mañana con su hombre. Cosa que en realidad ignoraba, ya que ningún cliente me ha durado tanto. Toda esa cursilería comenzó a marearme como algún día lo intentó su morenito. Al tener esta idea reí en mi mente, tomé su mano y con un tono sutilmente sarcástico le dije Sí, sí, están hechos el uno para el otro. Sonrió complacido y halagado; este gordito siempre fue muy ingenuo. Dio una ojeada rápida al lugar y como si hubiera tenido una reciente idea, me dijo –El negocio esta creciendo y parte de mi felicidad la debo a ti. Quiero ofrecerte un empleo, necesito alguien que sea bueno en los negocios- Reí a carcajadas hasta caer en cuenta de que era una oportunidad para cambiar mi vida. Miré a David temeroso , por encima de sus cachetes sus ojos brillaban. Tomé su mano en forma de agradecimiento y lloré discretamente. – entonces ¿si?- Replicó emocionado, sujetando mi mano con fuerza. Déjame ver mi agenda…(escudriñe mis uñas) ¡por supuesto que sí, gordito! Nos abrazamos como viejos amigos, celebrando el triunfo de la promesa de un mundo mejor.

Las ventas eran fácil de cerrar, toda aquella mariconería estaba dispuesta a pagar lo que fuera con tal de fantasear con sexo en altamar. Junté dinero para dejar la pocilga que mucho tiempo fue mi oficina nocturna, por así decirlo. Busqué en el periódico por algún cuarto en renta hasta que encontré uno en la Roma; ofrecía agua, luz, gas, tele, muebles y hasta aire acondicionado. Suficiente para mi, llamé y concerté la cita para esa misma tarde.

Me recibió un hombre alto y moreno, un poquito pasado de peso aunque no opacaba su galanura. Vestía un traje de motociclista con unas botas tan sexys que casi le gritó en la puerta ¡si, si, quiero vivir contigo! Me enseño el cuarto, que a pesar de ser muy chico, hecho de lamina y ladrillo, tenía su lado acogedor. El aire acondicionado en realidad se refería a un aire lavado de principios de los cincuenta, el termino de amueblado se restringía a la cama y una diminuta repisa; pero para ser sinceros, un mueble más y yo no cabría. Entregué el dinero y sólo con tocar su mano, me dieron ganas de quedármela para siempre. El hechizo tardó pocos minutos en romperse cuando me presentó a su novia, una flaca sin chiste y para colmo, contadora. Total, ya le había pagado y todo hombre tiene derecho a cambiar de opinión y de bando en cualquier momento de su vida.

Mi cuarto se encontraba en la azotea, abajo vivía él y en la casa de enfrente su hermano; un marihuano sin mejor que hacer que estarse quemando las uñas todo el día he ignorar a su esposa canadiense. Una bonita familia sin duda. Así pasaron los días, ganaba buen dinero en la agencia y lo ahorraba obsesivamente cual judío; para regresar a la casa solo. Con el tiempo comencé a conocer el vecindario, a dos cuadras había un mercado con todo lo necesario para comprar comida. De vez en cuando, me encontraba con un niñito escuálido y frágil, como de veinte años. Siempre usaba bermudas, calcetas y gorra. Descubrí que vivía enfrente de mi casa y por alguna extraña razón, comenzó a despertar mi curiosidad. Un día cruzamos caminos y unas cuantas palabras, cada vez que nos veíamos la charla se prolongaban más hasta hacernos amigos. Yo notaba algo raro en él y a ciencia cierta no sabía lo que era. Su nombre era Zuri, vivía con su madre que sufría de diabetes y la estaba dejando ciega. Él gastaba su juventud en rondar por la colonia y decir cosas raras sin aparente procedencia. Su inquietud me divertía y la volatilidad de sus manos al romper jarrones a su paso.

Una tardé cualquiera, Zuri me invitó a su casa a ver películas como era acostumbrado. Puso “Boys don´t cry” y al final del film, acabó llorando. Siempre fue muy extraño pero esa reacción era completamente innecesaria, a menos que tratará de decirme algo. Y en efecto, la verdad se reveló. Zuri era una transgénero. Cambio que sobrellevo sin problemas, ya que su madre a causa de la ceguera jamás se dio cuenta que su niña era todo un jovencito ahora.

Nunca me atreví a preguntar como se las ingeniaba para orinar de pie, acontecimiento que había presenciado con anterioridad. Y dada la cosa de que yo orinaba sentado, supuse que Zuri era tan normal como yo. La amistad se afianzo como si fuéramos hermanos y pasábamos las tardes haciendo joterías; hablábamos de los chicos-chicas y chicas-chicos.

La obsesión por mi arrendador crecía cada día y se opacaba en las noches cuando oía los gemidos orgásmicos de la pareja bajo mi techo. Algunas ocasiones llegué a masturbarme pensando que era a mí a quien penetraba. Aunque en general, mi relación con él se tornaba frustrante.

Pero la vida sigue aunque su rumbo no sea el deseado, después de todo tenía mi trabajo, a David y su morenito, y Zuri que me había hecho su primer confidente y por lo tanto su mejor amigo.

lunes, 16 de febrero de 2009

Los ochentas

En los ochentas, mientras David Bowie cantaba “Rebel, rebel” y los Rollings Stones lucían la boca más promiscua que se atrevieron a mostrar los medios de aquel entonces. El toque homosexual se encontraba en su mero apogeo, hombres con ojos delineados, ropa extravagante, el high energy sacado del closet. Bandas de rock cantando al amor y la libertad, a derribar los muros; el cine mostrando a protagonistas masculinos besándose por primera vez, la industria de la moda permitiendo el cabello freezeado diez centímetros por encima de la cabeza, pantalones ajustados acompañados del sensual movimiento de cadera y plataformas; activistas queer marchando por las calles de carnaval. Todo indicaba que estaba bien ser gay. Así que mi generación sacó los tacones y se pintaron de rojo carmesí los labios, dispuestos a asistir a la fiesta. Las nuevas y liberadoras tendencias que hicieron transformar el artificio de Narciso sodomizandose a si mismo, acabaron por destruirlo para volverlo en un cliché de peligro desde la aparición del Sida.

Yo era muy joven, apenas tenía quince años y vivía deseoso por compartir la revolución de mis futuros amantes. La mayoría de mis ídolos comenzaron a caer como moscas manchadas con Sarcoma de Kaposi; los que no murieron se recluyeron en la tristeza y el anonimato, unos cuantos persistieron en la lucha para ser señalados y ridiculizados. Miles de chicos en todo el mundo guardaron la fotografía de fallecidos amores como registro de Nan Goldin; doblaron sus manos y ropas para buscar a una esposa que planchara sus camisas y franelas.

Uno jamás puede olvidar quién es pero sí, ocultar lo que desea. Y así, el avance que a muchos les costó la vida, la familia, el trabajo y la dignidad, fue cayendo como mito griego. Una enfermedad misteriosa, sin procedencia, acabó con el sueño de andar por la calle sujetado de un musculoso bigoton sin morir apedreado.

El regreso a la realidad fue lento, nadie sabía cuanto tardarían en morir los primeros diagnosticados. La gente entró en pánico y comenzaron a cerrar sus puertas a estos personajes que antes les apetecían divertidos y extraordinarios.

Yo cargaba el look de Wham!, George Michael siempre fue mi favorito. Aunque para ser sincero de haber gozado con más dinero, hubiera lucido unos trapitos al estilo Prince. En pocos años los video clips de New Order fueron remplazados por Nirvana y demás heterosexuales, no con menos problemas de identidad. Pero en fin, me quedé como un niño en víspera de Navidad con la reciente noticia de que Santa Claus no existe, pasando el bachillerato en un terrible desasosiego.

En mi graduación, cansado del acecho de los de mi especie, con un ridículo intento de ocultar mi balancear femenino, fui insultado por todo temeroso hombre que se acercaba a mi. Hijo menor entre seis varones, ellos me defendieron a regañadientes para después escupirme en la cara cuando decidí ir con un minúsculo vestido a la velada. Tardé más en desmaquillarme de lo que mi madre me corría de la casa entre lagrimas de decepción y vergüenza.

A los pocos días descubrí en los espejos de un motel, una joven tez esparcida de barros, indefensa y desamparada. El odio que la intolerancia formó en mi, permitió que me penetraran todo tipo de hombres con indiferencia y desamor, en los siguientes años.

La clientela regular confesaba después del orgasmo acerca de sus matrimonios y la impotencia de tener una erección ante su mujer. La hipocresía resguardada en mi almohada por tantos hombres, me dejó en vigilia durante muchas noches. Mi camino no fue el mejor, lo admito. Pero la fortaleza de defender lo que somos, lo compartía en mi esquina, en la calle, en la cama, cada noche de trabajo.

Amanecía, el rimel corrido y la juerga excesiva que a veces marcaba mi cara de golpes, volvía inútil cualquier argumento. No podía seguir soportando ese estilo de vida ni tampoco regresar a mi casa para decir que todo había sido un terrible error. Sólo contaba con los estudios básicos y el trabajo que ejercía jamás sería una carta de buenas referencias.

Un gordito solitario era mi apuesta mensual, me visitaba siempre en la quincena, se la jalaba durante pocos minutos y él recibía el encanto con unos ligeros gemidos. Nos dedicábamos una triste mirada de despedida que a la vez significaba que nos veríamos pronto, igual de infelices. Dejaba la cuota sobre el buró sin mirar atrás, como si fuéramos un pasado que él jamás quisiera recordar y sin embargo anhelaba. Un quince del mes, fue mi cumpleaños. No quería pasarla solo y le invite a tomar un café antes de que partiera. Él aceptó sin preguntar, cambié mi ropa habitual por un disfraz de pantalones entubados, camisa y corbata. Me miró sorprendido y burlón -¡jamás pensé que pudieras verte tan normal, hasta te ofrecería empleo- Con esas palabras estuve apunto de arrodillarme y mamársela ahí mismo, sin paga. Reí con elegancia para evitar que él percibiera mi desesperación. Alguna reacción involuntaria y delatora hice que él comenzó a reprocharse el comentario entre balbuceos.

Fuimos a una cafetería de veinticuatro horas ubicada a tres cuadras de mi casa, los empleados de ese turno se caracterizaban por tener un tono poco servil y apesadumbrado. Ordené un pie de manzana y estuve a punto de ponerle un cerillo a falta de vela, me contuve, no quería sentirme más patético. El gordito, que hasta ese día me enteré de su nombre, David; platicaba de su trabajo a manera de confesión. Tenía una agencia de viajes, mayormente atendía a jubilados o divorciadas que pretendían encontrar al amor de su vida en algún crucero. Vivía con su madre a los cincuenta y tres años, nunca había ido a un antro gay ni establecido relaciones sentimentales con hombres. Así que lo tomé de la mano, hice que pagara la cuenta y fuimos a un bar donde yo iba a pescar cuando estaba floja la noche. Bailamos, nos emborrachamos y brindábamos con extraños. Un niñito moreno como de treinta años veía a mi gordito con cara de hambre, de sexo y amor. David se encontraba tan extasiado, pasando de la vergüenza a saber que había vivido en un cubo, que ni siquiera había notado la invitación que ese día le ofrecían otros ojos.

El morenito se mantenía estático, nervioso, vigilando desde su esquina los movimientos de David. Sentí una terrible envidia, no recuerdo alguna vez en mi vida que me hubieran visto con ese deseo, ni siquiera cuando un hombre me poseía. Sin embargo, el gordito era un buen hombre que se merecía ser amado y yo estaba dispuesto a conseguirle una oportunidad. Me acerqué al chico y le invité una copa para romper el hielo, él me rechazo sin voltear a verme hasta que le dije que era amigo de David. Comenzó a lanzar una serie de preguntas acerca de él ¿qué tipo de hombres le gustan? ¿es soltero? ¿dónde vive? ¿en qué trabaja? No teníamos más de dos minutos charlando y ya me sentía mareado con tan ferviente interrogatorio. Planté mi mano sobre su cara para inmediatamente callarlo y evitar un dolor de cabeza. Me incliné hacia su oreja que era un poco más grande de lo normal y le dije Chico, ¿por qué no te acercas y le preguntas todo eso?

Me vio ingenuo, asustado, le dí una palmadita en el trasero para entusiasmarlo y que emprendiera la marcha. Titubeó unos segundos y tomó un largo trago de cerveza, limpió su boca con la manga y con pasos inseguros llegó hasta él.

David estaba ligeramente perdido a causa del exceso de alcohol, sin embargo, lo recibió con una gran sonrisa y se dedicaron a platicar toda la noche. Mientras las horas transcurrían, el lugar comenzó a vaciarse. Ellos parecían tan entusiasmados que no me atreví a interrumpir. Me quedé solo en una mesa hasta quedar sumamente borracho. No podía ni sostener la botella cuando la reciente pareja se acercó a mí para marcharnos. Me llevaron cargado en vilo entre sus brazos hasta la casa. David se despidió de mí y en su semblante se había borrado la usual tristeza que nos unía.

Lo esperé la próxima quincena para que me diera noticia de su encuentro y jamás llegó. Ni la quincena siguiente. Ya han pasado más dos meses desde mi cumpleaños que no lo veo. Creo que es común esta historia de putas, tratar de salvar el amor y al fin de todo, quedarse solo.

lunes, 3 de noviembre de 2008

El ultimo vagón

Las mañanas son el momento mas desapercibido del día, parece que hasta el sol se opone a salir. Miras la cara de la gente que recorre las calles, ellos aún no están ahí; siguen en su casa y la cama, el mueble mas apreciado del mundo. Un par de pies se dirigen a su trabajo, la escuela, etc…ha de ser importante para levantarse a esa hora.

Yo, sin embargo, además de mi plena oposición a la luz del día, he encontrado una manera de volver mi recorrido mas ameno. Uso el metro a diario, es mi pequeño escondite matutino. El ultimo vagón del metro te ofrece salir del closet para entrar en él. Hombres de pantalones ajustados, orgullos pectorales en sus camisas, zapatos afilados y cuidadosamente lustrados, peinados relamidos abundando en este espacio lujurioso.

Entro con la seguridad de ser bien parecido, miro sin discreción a calificar la oferta del día. Hoy estamos de suerte, pienso mientras le sonrío a un muchacho moreno más alto que yo. Los mas feos me ven con envidia, los mas viejos con remembranza y nostalgia; mi actitud altiva los enloquece, ellos lo saben soy una diva.

“Latin lover” se acerca a mí para presumir su dentadura, nada mal para alguien que no carga con unos pantalones que cuesten más de quinientos. Un asiento se desocupa y con toda la elegancia posible, elimino a la competencia para poseer el lugar. Él se recarga en el tubo alzando sus suculentos brazos, la camisa se sube un poco al estirarse y puedo ver su abdomen. Me dan ganas de tallarlo con fuerza, de solo pensarlo se me escapa la risa. Hace muecas para responder mi reacción y empuja discretamente su cadera hacia mi cara. Mi boca comienza a salivar al clavar la vista en la zona de su zipper. Imagine su tamaño y color, lo succionaría de una sola bocanada. Las loquitas nos observan, todos conocemos este juego –hey, ¿no eras tú quien me la mamaba el otro día?-

Me mira lascivo, él también desea el contenido de mi entre pierna. Imagino sus largas pestañas jugueteando en mis oídos, no conozco su voz pero intuyo por su aspecto que ha de ser masculina. Muerdo mis labios, quiero sentir la presión su miembro golpeando una y otra vez con violencia mis adentros. Déjame rasgar tu espalda y mostrarte lo mala que puedo ser. Él estúpido no deja de coquetear conmigo y por otra parte, no se ve nada decidido a tomar la iniciativa. ¿crees que estaré aquí por siempre? Faltan dos estaciones para llegar a Insurgentes, donde la mayoría de la mariconería desembarca ¿te iras con ellos y me dejaras aquí tan sola? Con una mirada de desdeño lo deje intimidado, se fue alejando lentamente hacia la puerta como si lo acabara de regañar su madre. Seguro todavía vives con ella, maricón. Llegamos a Insurgentes…¡All abord! Los niños bajan, las niñas entran, él se retira hasta confundirse con el tumulto de perras que lamentan el estado de su manicure. –Suspiró- esperaré mi camino de regreso para ver que encuentro. Sería bueno que por fin en uno de estos viajes alguien me encame.

Mientras tanto, seguiré tomando el ultimo vagón para disipar las lagañas.

sábado, 16 de agosto de 2008

Eneida

Eneida sabía satisfacerse y con el más ligero toque, sus músculos se contraían. Troya ardía, ella explotaba. Jamás vi tan hermosa cara después de un orgasmo, palidecía y sudaba frió. Eros elevándose a su divina naturaleza, el placer. Sus pliegues faciales se desposeían de su constante huir a nuevas tierras, comúnmente cargaba ese halito errante. Inocente de nuevo, feliz y en paz. Juré ante Zeus dedicar mi tiempo restante a mantenerla flotando y pasar de un beso a una caricia, como si fuera una platica fluida; un tributo para los dioses. Sus manos suaves, pequeñas y delgadas, fingían jamás haber cargado un arma, sus labios morteros eran cantos de sirena. Embriagantes como el mas fiel vino, creado por Dionisio.

La pasión emergió en nosotras como un nuevo mundo, e intentamos construir de ella un imperio infranqueable. En donde los despertares mas tiernos cruzaron la luz que se escapaba entre columnas, entre guerras de pueblos lejanos. El súbito abrir de sus ojos, gritaban que estaba viva de nuevo. El oráculo erró, creíamos en ese entonces, podíamos sobrevivir a ser amadas y salir ilesas, victoriosas ante nuestra condición humana.

Yo soy Venus, le dije un día. Eneida rió y al primer descuido, huyó con Júpiter. El oráculo me había advertido -el dolor te matara y esa será tu herencia a los hombres-

Me negué a creer que la felicidad, seria el primer paso de mi muerte. Fui a las aguas mas profundas a buscar a mi ingrata Eneida. Si ella yacía conmigo por haber amado, valdría la pena haber naufragado en la soledad. Neptuno esta vez no podría detenerme, estaba dispuesta a volar si fuera necesario. Robaría las alas de Corus, la fullería de Apolo, me comería a Cronos con tal de obtener justicia. Ella no seria feliz mas que yo lo permitiera.

Al cruzar el Mediterráneo, mi valentía fue disminuyendo a cada paso. Los Dioses estaban en mi contra y apoyaban la felicidad que cobijaba a mi luz Eneida. ¿Quién seria capaz de solapar esta injusticia? Ni Júpiter ni nadie se la merecía, tenia que ser yo la poseedora de su calida compañía. ¡Eneida, Eneida! Gritaba en las noches obscuras, la lluvia opacaba el lamento y disolvía mi llanto. Jamás aceptare que huyó porque no supe contenerla con el alma. Mi odio es la venganza de destituir toda culpa.

miércoles, 2 de julio de 2008

La nevera

Irene cierra la puerta y avanza lentamente, sin sospechar, que era el final de su vida. Carga dos bolsas en cada mano, la de la izquierda es la más pesada. El foco de las escaleras sigue fundido y recordó que llevaba semanas con la intención de cambiarlo. Ya no tendré que hacerlo, pensó con ligereza. Son seis pisos por bajar y en el camino las bolsas le estrangularan las manos. Aún así, no hay manera de regresar. Tiene que darse prisa antes de que alguien la vea; colapsaría ante la presencia de algún testigo. No puede arriesgarse, lo sabe. Irene suda y siente una punzada en el estomago, apenas se encuentra en el tercer piso y ya le duelen los hombros. Falta la mitad del trayecto y sus pasos cada vez son más lentos e imprecisos. Llega al portón del edificio, puede ver a través de los cristales que afuera está lloviendo. Deja las bolsas en el piso para poder abrir la puerta. Nota que una de ellas se escurre de un extremo. Regresa la vista sobre sus pasos, ha dejado rastro de su huida y no tiene tiempo para limpiar. Hurga en su bolsa en busca de las llaves, están sujetas a un llavero que ella le regaló meses atrás. La culpa la invade y llora sin poder contenerse. La desesperación que sentía hace un minuto por salir corriendo del edifico, se esfuma. Ahora se siente vulnerable y sola.

Su mente vuela a la Navidad del 2003 que pasó en Milán, había llegado dos semanas antes de intercambio y no conocía a nadie. El cuarto lúgubre de la casa de asistencia carecía de árbol y gente. La Víspera transcurrió con malas películas hollywoodenses, dobladas a un idioma que aún no dominaba. Sin tener dinero para telefonear a su madre o enviarle un presente a su hermana, Irene se hundió en la tristeza, sola. La misma sensación revivía aquella noche, al otro lado del mundo. Aunque esta vez era mucho más intensa.

El ruido de la lluvia atrapa a Irene al presente. Introduce la llave en el cerrojo y después de abrir la puerta, la detiene con un pie mientras recoge las bolsas. Irene respira hondo y corre entre la lluvia, las bolsas resbalan de sus manos y olvidó tomar las llaves. Cruza por el Oxxo situado a dos cuadras, de lo que hace media hora solía ser su casa. Necesita unos cigarros para relajarse. Coloca sus cosas en la entrada de la tienda, la empleada de la caja le dedica una mirada desdeñosa. Se brindan las buenas noches de un modo rutinario. La bolsa sigue goteando, eso apura a Irene a terminar su compra. Al pagar sus cigarros, cae en cuenta de que no sabe a donde ir. La lluvia la desanima a rondar por la colonia, aparte, las bolsas son muy pesadas. Prende un tabaco con manos temblorosas a causa del frío y como si esta acción la iluminara, decidió comprar una hielera para resguardar sus cosas. Puede resultar peligroso pero funcionará. Pensó con optimismo.

Antes pasó por el cajero para retirar el restante de su escasa nomina. ¿Dónde dejaré las cosas mientras compro la hielera? Se preguntó angustiada mientras jalaba las bolsas. Si alguien las abriera, sería el fin. Recuerda al hombre que vive en el árbol de en medio del camellon, él trabaja pidiendo limosna hasta las diez. Todavía le da tiempo de ir, comprar y regresar sin que nadie lo note. Al llegar al árbol, contempló la posibilidad de vivir ahí y soltó una carcajada; a pesar de que las circunstancias no dejaban para risas. Subió bolsa por bolsa con una mano, mientras que con la otra se sujetaba de los peldaños previamente improvisados. Limpió su ropa de los restos de corteza que se habían adherido y emprendió la marcha hacia el supermercado. ¿Por qué la luz de los supermercados siempre es tan blanca? Pensaba recorriendo los pasillos. Detuvo a un empleado, de esos apáticos que nunca tienen ganas de ayudarte. Le preguntó por las hieleras, -Quinto pasillo- respondió él sin voltear. Irene los contó, deduciendo que de izquierda a derecha era la enumeración. En efecto, ahí estaban, Irene siente alivio. Toma la más grande que encuentra, de un azul chillante y llegando a la caja se roba un chocolate. Nada peor puede pasar, se decía a si misma. Obtuvo sus cosas del árbol, la lluvia había cesado. Irene complacida de su plan, prosiguió por las calles de la Condesa con la hielera de llantitas hasta que llegó a casa de su amiga. Tocó el timbre, la humedad produjo toques en su dedo. Rió de nuevo, ¡joder, que día! -¿si?- Grita su amiga desde el interfon. Tía, abre, que tú timbre ha intentado matarte. –Por Dios, pero que tonterías dices. Sube, anda ya- Activó la puerta para que Irene pudiera pasar. Arrastró con esfuerzo la hielera por las escaleras, su amiga la estaba esperando en el pasillo -¿Y eso?- Preguntó burlona. Es que he decidido irme de picnic, contestó Irene sarcástica. Su amiga se acerca ayudarla -¡que va!, a media noche pero bueno contigo- Al entrar a la sala, el candor del hogar removió lo sucedido horas antes, confundida, Irene sintió el doblar de sus rodillas. -¿a que se debe la visita, tía?- Preguntaba su amiga al desprenderle el abrigo empapado ¿Que no puedo visitarte a mitad de la noche con una nevera? -Por supuesto, pero hubieras preguntado antes, que aquí tenemos gaseosas- ¿frías?- ¡que va! Y ahora, contarme- Irene estruja sus manos y deja caer su cuerpo en el futón, como si pesara más de lo que su esbelto cuerpo dejara ver. Abre la nevera y veelo por ti misma. Señalo Irene desanimada. La amiga se dirigió a la hielera como una niña apunto de abrir sus regalos. -¡joder, tía! ¿Pero que has hecho?- Su cara palideció repentinamente. Pues nada, un coñazo -¡coñazo, coñazo es lo que has de traer encima de los hombros!- Tía, sosiégate, que para mi tampoco ha sido nada fácil. Irene se levantó, postró su cuerpo junto con el de su amiga y las dos contemplaron el contenido de la caja, impávidas. ¿Qué cosas, no? Le he dicho a mi novia que la abandonaba hoy, se pone a llorar y que se desarma enfrente de mis ojos - ¿así como así?- La observa su amiga incrédula. Joder, ¿Qué no estas viendo? -¿y luego?- Pues nada, tia, que no iba a dejar a la pobre echa pedazos en el piso. Asi que cojo unas bolsas de basura y metí sus cachitos adentro. Su amiga rie, después se siente avergonzada para otorgarle a Irene una mirada complice -¿y la nevera?- Irene palmea fraternalmente la espalda de su amiga. Pues que la tía pesa una hostia y no sabia que hacer pero seguro que no la iba a traer cargando -¿y ya sabes?- Pues no, pero pensé venir a tu casa, echarme unas birras y esperar a que venga algo de inspiración o que ella se recupere. -tengo un six en el conge- ¡joder! ¿y que esperas? ¿Qué no ves que es asunto de vida o muerte?

miércoles, 25 de junio de 2008

Chicas

Chica A anduvo un año con Chica B,

Chica A intento matar a Chica B, un día al ahorcarla.

Chica A y Chica B, pensaron que la relación no iba bien,

decidieron cortar y seguir cogiendo de vez en cuando.

Chica A tenia una amiga que le gustaba, Chica C,

pero como a las tres citas, Chica C perdió el encanto,

era aburrida y reservada, así que prefirió ser su amiga.

Chica A, Chica B y Chica C, estaban en una fiesta.

Chica C presentó a sus amigas a la Chica A,

Chica A sólo charlo con Chica D y su novia;

la Chica E, que a Chica A le encanto y quería cogersela.

Pasó mucho tiempo y Chica A, B, C, D, y E, dejaron de verse.

Bueno, en realidad, Chica A dejo de ver a Chica B,

cuando se dio cuenta que era una puta y eso la ofendió.

Chica D y E, vivían juntas, entonces,

inevitablemente se seguían viendo.

Chica C se desapareció por tener un affaire

con una Chica de provincia, a la que llamaremos Chica P.

Chica A se puso en contacto con Chica D,

para armar un proyecto, Proyecto M.

Las juntas se celebraban en Casa de Chica D,

por supuesto, estaba su novia la Chica E

y yo no me perdía ninguna junta, digo,

la Chica A siempre iba y llevaba a su amiga, Chica F.

A Chica F le gustaba una buenota conocida como Chica G,

que era sexy y con tendencia a usar mayones para

resaltar sus carnosas piernas, lo cual funcionaba.

Mientras tanto, Chica A seguía pensando en E

y su cuerpo desnudo besado por ella.

Chica D le decía a Chica A con voz grave y rasposa,

-Yo sé que te gusta mi novia-

Chica A agachaba la cabeza nerviosa

y se disculpaba avergonzada:

-Perdón, no puedo evitarlo, está muy guapa-

Ese día, en el otro lado del bar,

Chica F se besaba apasionadamente con Chica H,

evitando que la novia de H, las descubriera.

Chica D y sus amigas, I, J, K, G, usaban un bigote pintado

mientras inhalaban coca en las esquinas.

Chica E no fue ese día, no le gustan los antros decía,

además de ser una quisquillosa.

Chica A chateaba diariamente con Chica E

y de vez en cuando se le ocurría

ventilar sus sentimientos,

obteniendo de respuesta sólo unas risitas cagantes.

Pasaron los días y todo era como

una planta que riegas diario y no florece.

Chica A en el tiempo que trabaja en el Proyecto M,

comenzó a encariñarse con Chica D,

hasta el punto de sentirse culpable

por querer cogerse a su novia

y de vez en cuando, cosas más profundas.

Chica F conoció a Chica L,

que tenía ojos rasgados y no hablaba bien el español,

aunque al parecer era buena tipa.

Chica D invita a la fiesta de Chica I, a Chica A,

y ella lleva a sus amigas, F, L y M.

Pasada la noche y las copas, Chica M

se coge a una amiga de Chica D,

que supuestamente es Buga.

A Chica I le gusta Chica A,

pero Chica A está borracha

y acaba por caerse sobre una mesa,

derramando todas las botellas.

Chica A, F, L, M y Buga

se retiran de la fiesta desconcertadas.

Un mes después, Chica P,

invita a Chicas a grabar un largometraje gay

en las afueras de la ciudad.

Chica P es amiga de Chica N,

que a su vez es amiga de Chica C,

la ex novia de P.

Chica N por aquellos tiempos salía

con Chica B y ella invita a M,

También va Chica O, que es rapera y lleva su novia,

que por un tiempo tuvo un affaire con Chica A.

Jamás pasó nada por que ella andaba con Chica B,

así que se queda con O. Y bueno,

Chica B, M, O y su novia, se subieron a un camión

con destino a Película L, en donde conocieron

a Chica Q, quien es dj y exbaterista de una banda.

También amiga de Chica P.

Producción se queda sin presupuesto

y las regresan todas encabronadas

al sitio donde habían partido,

Por su parte, Chica D, E, A y Lalo

se disponían a partir en la camioneta de Chica D,

hasta que Chica P hablo para saber

si podíamos esperar a su amiga Q

y que se fuera con nosotros.

Ya todos unidos emprendimos el viaje

y nos pescó una tormenta a medio camino,

fue la sesión más ardua de flamenco que había vivido.

Chica D paró el auto en medio diluvio,

Chica E temía ser arrastrada por la tormenta

y sin embargo, callaba para no estresar a D.

Chica Q se derramaba alcohol en sus pantalones impermeables,

Chica A bebía y brindaba; Lalo es todo un autista.

Llegamos a casa de P,

mientras Chica B mandaba mensajes furiosa a Chica A,

por que la habían plantado.

A Chica A le importaba poco, porque estaba con D y E

en medio del Serengueti.

Bebimos toda la tarde, noche y madrugada,

entre calles empedradas y faroles,

Hasta acabar en un table, en donde con maestría

Chica P sentó a una damita en sus piernas

y le invito una copa de su botella.

La cual fue rechazada por ella

que sólo aceptaba las de un costo mayor a noventa.

Chica Q yacía en el auto junto con un amigo de P.

Lalo era ligado por el único ranchero gay del lugar.

Chica P y D sacaban el pecho al no saber

las intenciones de aquel tipo con Lalo

y D firme y territorial, les fue a preguntar

si había algún problema, al cual el tipo le respondió

que no y que le encantaba su amigo.

Chica P tomaba por debajo de la mesa la mano de A,

Chica A se hacia pendeja y se preguntaba por C;

-¿Qué no eran novias?...ay, que puta-

Al salir del table, más borrachos que nunca

Chica A y E, postraron sus bultozos cuerpos

en la parte posterior de la camioneta

y jugaron manitas calientes con inocencia.

Al llegar a Casa de Chica P,

nos subimos a la azotea a contemplar las estrellas

después de un buen gallo.

Chica D restregaba sus senos operados

sobre un tubo de obre negra

y Chica E y P, se abrazaban tiernamente sobre un camastro.

El exceso nos llevo al sueño

y uno por uno fueron cayendo

sobre sus camas o catres,

dependiendo de la categoría de invitado.

Yo acabe en el estudio y unos minutos más tarde

llegó Chica P a cambiarse el pijama enfrente de mí.

Se recostó sobre un sleeping y tomo la mano de A,

platicaron y la conversación se torno en risas

y después en besos, hasta que el amanecer

ilumino lentamente sus caras.

Chica P insistía en que A se quitara los pantalones,

Chica A no podía sacarse de la mente a Chica R,

que recientemente le había confesado que tenía papiloma

y la había dejado muy asustada.

Así que le brindo sus razones a P y se negó

por no saber si P sufría de alguna enfermedad contagiosa.

A eso de las doce, Chica A abrió los ojos y se encontró sola,

salió a la azotea apenada y encontró al resto

despertando con un porro y sonidos de gallos en la lejanía.

Llegó la tarde y fuimos a visitar el pueblo.

Chica A y P se besaban en un portal

mientras el agua mojaba sus cabellos.

Regresamos a la ciudad con aires nuevos

y nuestra ropa secándose en el cuerpo.

Chica A platicaba incesante con E,

aunque ella se notaba distraída y exhausta.

Pasó una semana y P decidió visitarnos

por cuestiones de trabajo con Chica Q,

Arribó en mi casa y después de dos días dijo:

-Chica A (ojitos) me gustas mucho

pero tú casa esta muy sucia y huele feo.

No puedo vivir así-

Chica A, contesta: -OK, no pienso limpiarla,

¿A dónde te llevo?-

Pernocto algunas noches en Casa de Q y N,

en las noches fiestaba con A

y tenían sexo en su cabaña mientras P

aguantaba la respiración.

Un día a A y P, se encontraban en la azotea

de una hermosa casa en el centro,

se alejaron de la gente y P le pregunto a Chica A

cuál era el planteamiento de la relación.

Acordaron en un amor libre y sin problemas.

Tras eso, P confiesa que se había estado besando con E

aquí y allá, osease Serengueti y Ciudad.

Provocando que E y D cortaran,

sumando aparte los rollos de D y G

que habían sucedido unas semanas antes

dejando la relación frágil e inestable.

El día que se va P,

Chica E visita por la tarde la cabaña de A.

Tocan la guitarra y toman vino,

A quiere besarla y aventarla en su cama.

Piensa en el dolor de D si se enterara,

así que decide seguir cantando

y dejarla ir.

Chica A recibe una sorpresiva llamada de Chica S,

mujer madura de Guadalajara por la cual mantiene

un crush desde hace dos años.

Se ven esa noche, A esta agobiada

por los acontecimientos recientes

y la noticia de que B tiene una enfermedad contagiosa

a causa de N, que después de avisarle, la abandona,

dejándola inconsolable y con comezón en la cola.

Al día siguiente se encuentran A y S,

en medio de la amena noche.

A recibe una llamada de D, diciéndole que E

retorno al Serengueti,

suponiendo que se va a revolcar con P.

A carga con varios mensajes de amor y extrañamiento

de P, que en ningún momento mencionan la visita.

A, S y D se van a embriagar a la fiesta de Q,

D desaparece y A, S y Q

acaban aftereando en casa de “la gatita”,

que estaba tan coca que decía que las plantas eran sus hijas,

sin notar que estas ya estaban todas muertas.

A y S van a cenar-desayuno a una taqueria

en donde no alcanzaron a pagar la cuenta

y salieron casi de rodillas pidiendo perdón.

Al día siguiente Mama de A, marca a A

para ir a desayunar, otra vez.

A se viste y espera que vayan por ella

sin entender la semana transcurrida.

Con todo el peso de la información

pasea entre unas esculturas de Dalí,

y si no fuera suficiente, carga con la incongruencia

de que el museo se encuentre dentro de un mall.

A decide marcarle a P

-no me mientes pero me engañas,

No hay pedo, no eres mi novia, pero porqué no me dices,

Me siento un poco un poco estupida. Ya, no me hagas caso-

…PPPPPPPPPPPPPPPPPPPPPPPPPPPPPPPPPPPPPPPPPP…

Contesta molesta y no se que dijo, pero fue absurdo.

Chica S se fue a Guadalajara,

amanecí en su hotel desnuda y con un ajo encima,

Chica S se llevó por completo mi desasosiego.

Caminé tranquila hasta mi casa.

Sigo sin entender pero ya dejó de preocuparme.

Sé que quiero a todas las chicas de la A a la Z.