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miércoles, 25 de noviembre de 2009

Tu esposa es como una nebulosa que vive en mi mente. Es el fantasma que mueve las cosas cuando duermo. Tu esposa te habla y quizás, de vez en cuando, llega a abrazarte. Pero para mi, no existe. No te atrevas ni siquiera a llamarla por su nombre. No quiero saber con quien vas y hasta cree que le perteneces, cual equivocada. Podrás dormir con ella pero es en mi en quien piensas, podrás compartir con ella la casa y las deudas, tus genes caídos en niños. Pero eres tuyo, tanto así que has decidido amarme a pesar de tus compromisos y promesas. Eres tuyo, egoísta, papacito, yo te amo.

-Nos vemos en la tarde

martes, 10 de febrero de 2009

Mente manca

Indiscriminadamente moví el mueble hasta golpearla, su roído coxis fue cayendo lentamente como si deseara ser puntual en su cita con el suelo. La cabellera azucarada de la anciana descubrió su cara entre quejas, su dentadura furica parecía querer salir volando hacia mi yugular. Reí, reí sin remordimiento, con lagrimas y dolor en el estomago. Extendió sus dedos parkinsianos para que la auxiliara a levantarse -pobre vieja, sal del problema tú sola.-

Ella lloró como bebé con hambre, desconozco si lo hacía por la reciente caída o sus aburridos sentimentalismos habituales. Como fuera, no pensaba soportar tan lamentable sollozo.

Esa noche soñé con ella, los dos teníamos veinte años menos. Me encontraba hurtando los cigarrillos que ella ocultaba en su monedero como su más valioso tesoro. Salí a fumar entre las cochinillas y caracoles que habitaban el jardín. Depredadoras arañas comenzaron a bajar con sus tantas patas por el techo. Las oriné a todas para evitar que llegaran a mí. Lombrices se sacudían debajo de la tierra, dejando a su paso pequeños brotes volcánicos; al salir a la superficie, el sol las quemaba hasta morir. También las oriné, por si lograba refrescarlas con mis residuos gástricos. Permanecieron inertes. Unas piedritas golpearon mi cuerpo con sutileza, al verlas con detenimiento resultaron ser unas cochinillas ensimismadas.

Regresé a la casa agitado, la humedad impregnada en cada mueble olía a mi abuela. Nada me da más asco que cualquier referencia a su imagen. Desperté.

Sus ronquidos del otro lado de la habitación, daban la mala noticia diariamente de que seguía con vida.

Vino a darme el desayuno más tarde de lo habitual, denotaba recelo cada cucharada que acercaba a mi boca. –ay, muchacho, la única mano que te funciona la usas para hacerme maldades- Aventé el plato, derramando la maldita papilla. No importa lo que haga, lo sé, no podré morir jamás.

lunes, 11 de agosto de 2008

Noche sin Gardel

Sudamos frío, envejecimos, todo pareció desaparecer en veinte años. Su risa cansada me hizo sospechar que fingía, sin embargo, conservaba la cualidad de reír durante horas.

-¿todavía vas a visitar a tu madre los domingos?-

-mi madre esta muerta-

-…y ahora ¿a quien visitas?-

-a mi tía, su hermana menor-

-…ah, bien. ¿Cómo esta?

(Sonrió de lado sin separar los labios, me sentí estupido. Ya no quise preguntar por más gente, no cargaba con el ánimo de recibir malas noticias. Tomó su vaso y lo golpeo dos veces en la mesa. Sujete la botella de whisky y le serví)

-¿Cómo esta tu hígado?-

-Mejor que tú, viejo-

-Solo soy dos años mayor que tú. ¿Qué tal el corazón?-

-¿Vas a estar de preguntón toda la noche?

-Bueno, hace tanto que no nos veíamos que quería ponerme al corriente-

-Han pasado veinte años y no tengo nada que decirte-

(Agache la cabeza, era cierto. Yo tampoco a ella)

-Solo hay una cosa que me tiene intrigada-

-¿Si?... ¿Que es?-

-No entiendo como es posible que después de tanto tiempo, sigas comprando la misma barata botella que cuando nos conocimos.

-No me ha ido bien-

-Lo sé, se nota-

Mire mi ropa y me encogí de hombros. Todavía conservaba ese toque para humillarme.

-¿Y tu?

-No me quejo. Un día me vi al espejo y caí en cuenta de que ya nada podía hacer por mí.

-¿Te rendiste?

(Volvió a golpear la mesa con el vaso)

-Sírveme otro, no quiero pasar toda la noche platicando-

-¿quieres tener sexo?-

(Musite tímidamente)

-No me digas que todavía puedes-

(Contestó burlona)

-No lo sé, hace mucho que no lo intento-

-Ja, ja. Ya recuerdo porque me divertías tanto-

-¿Recuerdas cuando bailábamos?-

(Me puse de pie y le brinde mi mano)

-No me digas que el alcohol, te pone nostálgico-

-Solo en noches como esta-

(Fui rechazado violentamente de un zarpaso)

-¡Viejo estupido! Sigues siendo el mismo enamoradizo estupido, igual que cuando te conocí-

-No tienes porque quedarte-

(Me voltee ofendido)

-Lo sé, nunca tuve y siempre lo hice. ¡Vamos, panzón! Enséñame esos dos pies izquierdos-

(Su semblante cambio a un carnaval, hasta sus arrugas en los ojos parecían felices. Pude distinguir de nuevo ese brillo en los ojos que compartíamos antes. Me dirigí al tocadiscos y seleccioné aquel afamado acetato de Gardel, que incendio la pista durante tantas noches. Mi corazón agitado, me llevo a esos momentos donde mis relucientes mocasines bailaban al compás de sus deseos.

El tocadiscos no funciono, hace años que no lo usaba. Su empolvamiento y la aguja oxidada, daba indicios de que jamás volvería a cantar. El encorbamiento de mi espalda me delato y al fin, ella lo supo. Estalló en su fatua ira acostumbrada)

-Tu cacharro se encuentra en el mismo estado que tú. Siempre la cagas-

-¿Pero que palabras son esas?

-¡Hijo de puta! Todavía de que me arruinas la noche, me alzas el meñique-

-Sosiégate, Miranda. Si quieres te la tarareo-

-…Tarareo, tarareo… ¡tararéate esta!

-¡Dios mió! Parece que acabas de salir del reclusorio-

-¡Pendejo! La unica cárcel que pisé, fui el tiempo que pase contigo-

-Mira, Miranda, no te tienes que ponerte así-

(Aventó el vaso que la había puesto tan descontrolada. Su ebriedad le debilito el tino y sólo alcanzo a rozarme la oreja. Menos mal que el vaso era de plástico, me hubiera molestado mucho si se hubiera roto)

-¡Ijó, pero que dramática!-

-Y hablando de tu hijo… ¿Cómo esta?-

(Tomó el vaso que recientemente había tirado, se sentó apaciguada en la mesa y volvió a golpearla con el vaso. Le serví un poco consternado y confundido, algún día creí poderme acostumbrar a sus cambios de animo. Ese día comprendí que moriría sin entenderla)

-…bien, bien. Se casó-

-¿Tiene hijos?-

-Se casó con un hombre-

-Lo ves…te dije que no era normal que le gustara tanto Gloria Gaynor-

(Reí)

-Ahora trabaja imitándola en un bar de mala muerte-

(Nos carcajeamos juntos por un rato)

-¿Se cambio de sexo?-

(Se acerco a mí como si fuera mi cómplice)

-No sé, no me he atrevido a preguntar-

-Bueno ¿Es feliz?-

-No lo sé, hace años que no lo veo-

-Nunca le pusiste mucha atención a ese niño-

-¿Cuál hubiera sido la diferencia?-

(Callamos pensativos. Que difícil cargar con una torpeza tan arcaica. Saberse pusilánime)

-No creo que sea mi culpa que saliera maricón-

-Nunca de nadie lo es, esas cosas pasan-

-Supongo…pero siempre me pasan a mí-

-No, le ocurrió a tu hijo. Tampoco para él a de ser fácil-

-Tienes razón, ha de ser un reto bailar en tacones-

(Golpeo mi espalda como si fuéramos viejos compañeros de cantina. En cierta forma, lo éramos. Agarro su vaso y estuvo a punto de golpear la mesa con el)

-No lo hagas, solo tienes que pedirlo-

-Ahora criticas mis modos-

-Siempre lo he hecho, vas a rayar la mesa-

-No seas ridículo, esta mesa está mas arruinada que tú y eso ya es decir-

martes, 15 de julio de 2008

Pino Suárez

Pasaron tres días que no supe de ti. El miércoles me dijiste que nos encontraríamos en el metro Pino Suárez, abajo del reloj. Mire tantas veces la hora que llegue a pensar que hasta esta, iba a huir de mí. Al parecer, todo te abandona menos el tiempo.

Que tedioso ser manecilla, una y otra vez girando sobre su propio eje. No importan días o años que pasen, siguen el mismo curso. Cada vez que te espero, soy una vulgar manecilla. Recorriendo inoportuna, desconcertada, a tu ritmo, veinte y cuatro veces al día detrás de ti. Me marea el pensar en cuantas ocasiones hemos hablado de las mismas cosas. Me marea pensar, por eso deje que todo pasara. Insistía en sentirte, en comprenderte, en mentirme todo es posible bajo mi cama. Hasta que los golpes salieron de tus manos, tu cuerpo supo azotarme, herir lento, fuerte y todavía llegas tarde. Llevo media hora esperando, no llamas, me haces saber que no te importa; quince minutos mas y me voy. Quince minutos para alargar la lista de tus imperfecciones…!ahí estas¡…ah, no, se parece a ti de lejos.

Observo con detenimiento la llegada del metro, por si te veo a cincuenta por hora con tu amplia sonrisa o quizás, cara de preocupación; -¡dios mió! Ya es bien tarde, pobrecita, me esta esperando.- Nada, solo gente que sabe a donde va y que la esperan. Tú, ni tus luces.

Recuerdo un día que fui a clases recién peleadas, llamaste para pedir perdón y arreglar las cosas –sal, te traigo mariachis- no, no, estas loca, estoy en clases –vamos, sal o entro con ellos- bien, ya voy ¿Dónde estas?-en la puerta- Colgué y camine nerviosa por los pasillos de la escuela, era de noche, asomé temerosa la cara a través de la puerta. La calle desierta y la sombra del edificio, me indicaron tu ausencia. ¿Dónde estas? –En la puerta- no es cierto, estoy aquí y no te veo. Tu risa tembló en mi cabeza como si fuera una cueva vacía –ja,ja, era broma, estaba jugando- vete al carajo, pendeja.

Ya pasaron veinte minutos, no tengo crédito para llamarte ¿subiré a buscar una caseta telefónica? Y si mientras, ¿llegas y no estoy? ¿Qué haré? Te seguiré esperando, diez minutos más. Se esta llenando de gente, seguro llegas tarde porque es la hora pico. Ojala, estés bien y no te hayan asaltado en donde te encuentres. Cuando llegues, vamos por un helado y al parque, tengo ganas de caminar. Podríamos besarnos en el parque cual pubertas. Aunque para serte sincera de un tiempo para acá, ya no te deseo. Creo que lo notas, llevamos muchos días que nos acostamos y no me vengo, pero como siempre, a ti no te importa. Mientras estés satisfecha, te basta y después duermes. Eres todo un cabron y yo, la victima patética. Marca, me estoy desesperando.